Una habitación de motel. Cuatro parejas de amantes que lo ocupan en momentos diferentes. La primera, dos jóvenes activistas políticos que se refugian después de un enfrentamiento con la policía. La segunda, unos estudiantes de cine que tienen que filmar diversas escenas de una película. La tercera, un hombre y una mujer que se conocen casualmente y tienen relaciones apasionadas bajo los efectos del alcohol. Y la cuarta, unos antiguos amantes que se reencuentran por un día.

La casualidad ha querido (prometo que ha sido así) que la película con que inauguro los contenidos de Cinema Kim sea Motel Cactus, uno de los títulos más emblemáticos del nuevo cine coreano (1). En cierta manera éste es uno de los filmes que relanzó el cine de Corea del Sur después de la grave crisis de principios de los noventa, e incluso hay quien lo llega a considerar como "la sigilosa punta de un iceberg que no tardaría en reflotar" (2). Sólo dos años después, el éxito de Shiri demostraría que el cine coreano era capaz de competir con Hollywood, y se iniciaría un meteórico crecimiento que todavía hoy no se ha detenido. No es que Motel Cactus sea un precedente de Shiri, ya que su impacto en la taquilla coreana fue inapreciable. Su contribución sería de otro cariz, cubriendo un aspecto también necesario para toda cinematografía que se precie, como es el del reconocimiento internacional. En el Festival de Rotterdam de 1998 recibe una Mención Especial, y se la define como una película completamente diferente al resto de la producción coreana, constatando que alguna cosa se mueve dentro de la industria de aquel país.
Motel Cactus es también la opera prima de Park Ki-yong, un director no precisamente prolífico (hasta la fecha sólo ha realizado otra película, Camel(s), el año 2002), pero que tiene reservado un lugar de privilegio en la cinematografía coreana por haber realizado este film, una característica producción independiente de presupuesto reducido y rodaje y postproducción rápidas. Park sitúa toda la acción en un love motel, uno de los espacios más recurrentes del cine coreano, no en vano se trata de una constante en el paisaje urbano del país. En una sociedad donde el sexo es todavía un tema tabú, y donde las parejas no viven juntas hasta después del matrimonio, el motel es un lugar de constantes encuentros furtivos. Su sordidez, así como la corta duración de las estancias que se hacen, lo convierten también en un escenario ideal para representar la fragilidad de las relaciones amorosas. De eso precisamente es de lo que trata Motel Cactus. Sus cuatro historias, que representan cuatro relaciones en etapas diferentes (los jóvenes activistas hace tiempo que salen juntos; los estudiantes de cine se inician en el sexo sin ni siquiera haberlo previsto; la pareja de la tercera historia acaba junta por un encuentro fortuito en una noche de borrachera; y los últimos son dos antiguos amantes que se reencuentran), nos muestran unos personajes desorientados, incapaces de decidir o de verbalizar aquello que quieren, debatiéndose entre los impulsos y la racionalidad. Al final de cada una de las cuatro breves narraciones, resulta obvio que ninguna de las relaciones tendrá continuidad.
El guión, escrito por el mismo Park, nos revela una información mínima sobre los personajes, sobre su vida previa a la llegada al motel, en un intento de esencializar sus relaciones. Desgraciadamente la apuesta es llevada demasiado lejos, y de hecho la narración parece estar vacía de contenido. En este punto, la imagen se convierte en el verdadero apoyo y motor de la película. No en vano la fotografía va a cargo de Christopher Doyle, el conocido colaborador de Wong Kar-wai, que ofrece aquí una colección de sus mejores imágenes: ventanas rociadas por la lluvia, botellas humeantes, papeles estampados, luces intermitentes de la calle que penetran en el interior de la habitación... Todo un catálogo que Doyle podría utilizar como carta de presentación si le hiciera falta pedir trabajo, pero que a Motel Cactus le hace más mal que bien ya que acaba por devorarlo todo. Quizás Camel(s) -que no he visto todavía- revelará mejor la verdadera personalidad artística de Park Ki-yong, porque me inclino a pensar que la autoría de Motel Cactus recae sobre todo en Chirstopher Doyle. Aun con eso, no deja de ser un título imprescindible para los interesados en el cine coreano
Comentario colgado el 12/12/2006
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(1) Expresión acuñada para referirse al revigorizado cine coreano de la última década. No se tiene que confundir con la nueva ola coreana, un movimiento de los años 80. En inglés los podéis encontrar referidos como Korean New Cinema y New Korean Wave, respectivamente.
(2) Elena, A.: “Cine y transición democrática en Corea del Sur” en Seul Express 97-04. La renovación del cine coreano. Madrid: T & B Editores, 2004 (p. 14)