La ciudad de Los Angeles se ve repentinamente invadida por un ejército de seres fantásticos liderados por una serpiente gigantesca, la Imoogi. El motivo es que las bestias han presentido que en la ciudad reside una chica, Sarah, con la capacidad de convertir a las Imoogi en dragones celestiales de enorme poder. Un joven reportero, Ethan, a quien un hombre ya le había advertido que esto ocurriría cuando sólo era un niño, decide encontrar a Sarah para protegerla de los monstruos y, de paso, salvar a la ciudad y al mundo de sus ataques.

(Imágenes extraídas de www.cine21.com)
Después del fiasco de 2001 Yonggari (1999), y de las acusaciones de impostor que tuvo que oír, Shim Hyung-rae, hombre de orgullo y determinación (cuando menos), necesitaba resarcirse. Es por eso que ideó su nuevo proyecto como una reedición de aquél, mejorada y aumentada, en base a la lógica comercial del más grande más caro: se iniciaba así el largo parto de D-War. No eran muchos los que confiaban en la viabilidad de una empresa de visos megalómanos (de aquí los problemas de financiación que sufrió en muchos momentos la producción, y que alargaron la realización durante cuatro años), pero al final la fórmula se ha revelado ganadora, aunque los motivos son sobre todo extracinematográficos, y el éxito no ha llegado exactamente de la manera esperada.
En un sentido, digamos, artístico, no hay gran cosa a destacar. La obsesión de Shim por hacer un producto exportable lo llevó a construir un pastiche de modelos del cine de acción y aventuras de Hollywood, como las sagas de The Lord of the Rings y Star Wars, o Gozilla ( Roland Emmerich, 1998). El inconveniente de esta articulación (en una película que no busca ni la parodia ni el guiño cinéfilo) es la falta de originalidad, o mejor dicho, la sensación que provoca de estar delante de un film copia, falto de la más mínima inventiva. Esto se agrava desde el momento en que ninguno de los aspectos de la cinta está a la altura de sus modelos. Los guiones de muchos blockbusters de Hollywood pueden ser considerados banales, pero no hay duda de que su engranaje dramático funciona a la perfección, haciéndolos irresistibles. El libreto de D-War, en cambio, es plano y estéril como el desierto de Mojave en que sitúa parte de la acción: la progresión dramática chirría, las situaciones son inverosímiles y los personajes no llegan ni a la categoría de arquetipos. Y el único elemento que podría redimir a la función, los efectos especiales (generados por la propia compañía de Shim, Younggu-Art ), a pesar de tener un nivel más que aceptable y ofrecer algún buen momento en forma de escena de acción, no dejan de desmerecer al lado de los de las producciones de gran calibre estadounidenses, a las cuales el film supuestamente se quería equiparar. Ante similar decepción, uno puede llegar a añorar los despropósitos de 2001 Yonggari. Como mínimo, la obvia nulidad de aquélla en todas las facetas le conferían un cierto encanto; en cambio, en D-War (que calificaríamos de film de serie B anabolizado ), a pesar de todos los esfuerzos de superación, no deja de darse la sensación expresada por Andy Webster en su comentario en The New York Times: que es imposible no entretenerse siempre y cuando... uno tenga sentido del humor.
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Al final de la versión coreana del film para salas de cine aparecía Shim Hyung-rae en una serie de instantáneas, la última de las cuales (el director con las colinas de Hollywood detrás suyo) iba acompañada del siguiente mensaje: "Sin duda, D-War y yo tendremos éxito en el mercado mundial", con las notas de la canción tradicional Arirang como fondo. Este hecho inusual demuestra, a pesar de las declaraciones y del rodaje en inglés y con protagonistas y escenarios de los Estados Unidos, la mentalidad localista del proyecto. Un vistazo a los resultados económicos explica el por qué. Sin las espectaculares cifras del film en su Corea natal (resultado no sólo de la venta de tickets, sino también de productos de merchandising ) la inversión no habría sido rentable. (1) Ante la incertidumbre de si se podría convencer al mundo entero de ver un producto claramente sólo regular, había que asegurarse el mercado propio. La tesis de muchos críticos coreanos es que Shim y compañía lo hicieron apelando al patriotismo de sus paisanos. (2) A eso hay que añadir –pienso que en mayor medida– la habitual excitación de la audiencia por los fenómenos mediáticos (en este caso, uno muy bien autopromovido). Bases poco sólidas que auguran un rápido olvido de la película. Pero, ¿y qué? El negocio ya está hecho.
Comentario colgado el 07/05/2008
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(1) En los EE.UU. la recaudación del film fue de sólo 11 millones de dólares, a pesar de estrenarse al nivel de un gran acontecimiento, en más de dos mil salas (para comparar, The Host lo hizo en un centenar –ganó 2 millones de dólares–, mientras que un título como Spiderman 3 lo hace en cuatro mil). En el resto del mundo las cifras son insignificantes, y en muchos países, como España, el estreno se ha producido directamente en el mercado del vídeo doméstico.
(2) Las afirmaciones en este sentido provocaron un encendido debate en Corea entre los críticos y un sector de la audiencia (con debate televisivo incluido). Los segundos, no sólo defendían que el film resultaba digno y entretenido, sino que subrayaban la importancia de que un film hecho en su país pudiera tener éxito en el resto del mundo.