> Artículos > Breve historia
Muy breve historia del cine coreano (por Jordi Codó)
Es esta una historia sin nombres ni títulos, que quiere sólo presentar sucintamente las condiciones en que se ha producido el cine en la península coreana, dando una idea del cómo y el por qué de su evolución y de su manifestación actual.
El cine coreano, como el de pocos lugares del mundo, se ha visto decisivamente afectado por el contexto político en que le ha tocado desarrollarse. Cuando el cinematógrafo llega a Corea al principio del siglo XX (a través, sobre todo, de compañías extranjeras que lo utilizaban para promocionar sus productos), el país se encuentra bajo la ocupación japonesa. Es por eso que la industria cinematográfica que se cimentarà a partir de entonces se regirá por los intereses del gobierno imperial de Japón. La mayoría de los cines están en manos de empresarios nipones, y durante los primeros años se exhiben sólo películas extranjeras (japonesas, europeas y de Hollywood), a las cuales el público se acostumbra rápidamente. Una y otra cosa dificultarán el nacimiento de una industria coreana del cine. La producción de películas locales está falta de fondos, y tiene que depender del capital y la tecnología japoneses. Así, las primeras películas coreanas son, de hecho, producidas por las autoridades de Japón, y su contenido es propagandístico, en favor de la ocupación. Cuando la producción aumenta (en el conjunto de la etapa colonial se llegarán a realizar 160 títulos), a éstas se añaden: 1) los melodramas, historias sobre problemas personales desligadas de toda descripción política o social que eran del gusto de los dirigentes japoneses, y que marcarían para siempre la tendencia del cine coreano; 2) las adaptaciones literarias (preferentemente de obras clásicas), una especie de tercera vía para todos aquellos cineastas que no querían vincularse a un discurso projaponés ni querían caerse en el convencionalismo de los dramas pasionales, a la vez que rehuir toda polémica. En contraste, aparecen también filmes políticos, ya fueran de cariz nacionalista o proletario, que sorteando de manera sorprendente la censura consiguen llegar a las salas y encender los ánimos de la gente. Pero no son muchos ni subsisten durante demasiado tiempo, ya que a partir de los años treinta los controles se intensifican y sólo los filmes projaponeses y los dramas más inocuos son aprobados para su exhibición. Pronto, además, un gobierno japonés prebélico impondrá la producción exclusiva de filmes de propaganda militar.
Pero es la llegada del sonoro lo que remata a la industria del cine coreana. Producir películas habladas requiere inversiones mayores que los cineastas locales no se ven capaces de sufragar. Encima, en el año 1942 se prohíben los filmes en lengua coreana, haciendo ya imposible cualquier intento de construir una industria cultural propia hasta la fin de la ocupación.
Después de la liberación del yugo japonés en el año 1945 el país inicia una nueva etapa política, y con ésta también una cinematográfica. De entrada, los filmes projaponeses son reemplazados por los antijaponeses, que serán casi tan simplistas y maniqueos en tono y discurso como sus predecesores. El volumen de producción es bajo, pues la mayoría de infraestructuras y materiales han quedado destruidos durante la guerra. La recuperación vendrá entonces de la mano de las ayudas en forma de suministros de los aliados rusos y estadounidenses, pero éstos también importan su manera de pensar el mundo. La partición del país (comunista en el norte, capitalista en el sur) en dos mitades antagónicas e irreconciliables es otro punto de inflexión que se superpone al de la liberación. Por una parte escinde la historia del cine coreano en dos caminos bien distintos; de la otra, marca de entrada el paisaje de cada uno de ellos. La Guerra Civil Coreana (1950-1953) no hará sino agravar esta situación, además de dejar en un estado todavía más precario la incipiente industria.
Aunque aquí me centro en la evolución del cine hecho en Corea del Sur, no está de más apuntar que en el Norte toda la producción cinematográfica ha venido marcada desde entonces por el dirigismo estatal. Como tantos otros aspectos de la sociedad norcoreana, el cine se incorpora desde el principio al discurso oficial de régimen, ya que es visto como un efectivo vehículo de inculcació de ideas.
El panorama en la Corea de sur no es mucho más alentador durante mucho tiempo. El país encadena una serie de regímenes dictatoriales entre finales de la década de los cincuenta y la de los ochenta, que en materia cinematográfica apuestan por el cine de entretenimiento (los melodramas vuelven a dominar las carteleras junto con los filmes de época y las comedias) y las películas de cariz anticomunista. Los productores tienen libertad de iniciativa, pero un estricto sistema de censura previene cualquier desviación de esta hoja de ruta. La creatividad de los artistas, pues, está coartada. ? Al mismo tiempo, sin embargo, los sucesivos gobiernos establecen medidas para potenciar el cine nacional, desde la exención de impuestos al establecimiento de una cuota de pantalla para los productos locales (una medida, ésta última, todavía ahora vigente).
En esta situación algunos grandes directores llegan a hacer obras de relevancia, pero la gran mayoría de producciones no alcanzan el mínimos de calidad deseables. Las empresas de cine obtienen gran parte de sus beneficios de la importación de películas extranjeras, restringida por ley en función de la realización de cintas coreanas. Eso hace que se produzcan multitud de películas con presupuestos ínfimos y en periodos de tiempo récord (se trata a menudo de filmes de terror o policíacos), con la esperanza de obtener permiso para hacerse con los derechos de tal o qual éxito de Hollywood. La calidad, como es lógico se resiente. La consecuencia será la deserción del público de los productos locales y en general de las salas de cine, donde la llegada de la televisión hace estragos como sucede en el resto del mundo. El hundimiento definitivo de la industria local llega a partir de mediados de los setenta, momento en que el gobierno del entonces dictador militar Park Chung-hee hace un paso más en el control de la industria cinematográfica, estableciendo un sistema de licencias para las productoras de cine (a las cuales se exige contar con un cierto patrimonio y realizar un número mínimo de títulos al año) que en la práctica acaba con todas las pequeñas empresas.
Éste era el panorama hasta que a finales de los ochenta las cosas empiezan a cambiar. Lo cierto es que la industria no levantará cabeza hasta una década después, pero en este momento se producen algunos hechos destacables que marcan una tendencia positiva de cambio. El incidente de Gwangju (el asesinato por parte de los militares de centenares de estudiantes durante una manifestación en favor de los derechos civiles) gira definitivamente a la población en contra de la dictadura y el país empieza a encaminarse inevitablemente hacia una democratización. Algunos jóvenes directores, muchos de ellos todavía estudiantes universitarios, empiezan a hacer cine político de manera clandestina que distribuyen a través de canales alternativos, desafiando no sólo a los gobernantes sino también a la estructura clásica del cine. En el año 1987 se celebran en Corea del Sur las primeras elecciones verdaderamente democráticas. ? Los nuevos aires de libertad y el levantamiento de diversas de las restricciones que afectaban al cine (como la censura –sólo suavizada, ya que no se declarará inconstitucional hasta 1995– y el sistema de licencias), propician la reaparición de pequeñas compañías de producción comprometidas con un cine más independiente de las exigencias comerciales de la industria, con las cuales algunos cineastas se animan a realizar películas arriesgadas, ya sea formal o ideológicamente. Algunas de las cintas obtienen, por primera vez, reconocimiento internacional, y se habla de una «nueva ola coreana». No obstante, el movimiento pierde ímpetu bien pronto debido a las dificultades que todavía atraviesa la industria. En ciertos aspectos la situación se ha agravado. El mismo año de las elecciones y del fin de las restricciones el gobierno también aprueba, presionado por la diplomacia de los Estados Unidos, una liberalización del mercado del cine que implica la libre entrada de productos foráneos. De repente, las pantallas coreanas se ven invadidas por filmes de Hollywood, y sólo la cuota de pantalla que protege los productos locales evita una desaparición total de la oferta autóctona. Paradójicamente, un cine que había podido sobrevivir a las políticas represivas, estaba a punto de desfallecer ante la política de las libertades.
En el año 1993 el cine nacional llega a la cifra históricamente baja de un 15% de audiencia. Algunos ya le cantan réquiems, pero resultará que nada más ha tocado fondo para empezar a emerger. El nuevo gobierno democrático apuesta por la cultura, y con la voluntad de contrarrestar los perjuicios ocasionados por las medidas liberalizadoras llevará a cabo unas decididas políticas de apoyo al cine (subvenciones, abastecimiento logístico, consejo gestor, inauguración de academias cinematográficas...). La industria, por su parte, también trata de regenerarse y ponerse al día a través de la formación de compañías más grandes y más poderosas, de la construcción de infraestructuras más adelantadas técnicamente y, muy importante, de la búsqueda de nuevas fuentes de financiación. Antes de que la creatividad de los jóvenes artistas coreanos empiece a ser admirada en todo el mundo, será la nueva generación de productores la que sacará al cine coreano del pozo donde se había metido. El año 1992 supone un momento clave en este sentido. Se establecen dos precedentes: ? 1) aparecen los primeros «planned filmes» (kihoek yonghwa), películas realizadas a través de un nuevo método de producción que pretende introducir la racionalización en la creación de películas; y 2) marca la entrada en el negocio de los chaebol (grandes conglomerados empresariales, como Samsung y Hyundai ), que aportan la financiación clave para la producción de los próximos años (en 1997 muchos chaebol se retiran de la industria del cine forzados por la crisis económica, pero las sólidas bases que han creado sirven de asentamiento a «capitales de riesgo», e incluso a la participación de grupos de inversores individuales no profesionales organizados en las llamadas netizen funds ). Corea del Sur hace entonces una apuesta decidida y decisiva por el cine comercial, entendido como aquél con la habilidad de recuperar el dinero invertido en la taquilla o a través de otros canales. El éxito de la jugada se hará patente sólo unos pocos años después, coincidiendo con la entrada del nuevo siglo, cuando los títulos coreanos copan las listas de éxitos y el cine hecho en Corea vende cada semana más de la mitad de las entradas en las decenas de nuevos multisalas construidos por toda la nación. Su vigor llega incluso a atravesar fronteras. Son muchos los países asiáticos (especialmente China y Japón) donde las películas coreanas son consumidas con fruición, y donde sus estrellas son consideradas ídolos. Un fenómeno que, si bien es vivido de manera diferente, también empieza a dejarse notar en los países occidentales, donde las películas coreanas ya no sólo son un capricho de los festivales de cine, sino que cada vez son aceptadas por un público más amplio.
Hay quien lo considera una simple moda pasajera, pero como dice Darcy Paquet ('www.koreanfilm.org'), el actual boom del que disfruta el cine coreano debe menos a las circunstancias extraordinarias que a la normalización de las condiciones en el seno de la industria coreana. Desde sus inicios, el cine en Corea ha sufrido la colonización japonesa, la división nacional, la guerra civil, los regímenes autoritarios, la censura y las regulaciones restrictivas. Sólo a partir de los años noventa finalmente se ha beneficiado de una política cinematográfica sensible y de un entorno económico y social estable, que le están dando la oportunidad de desarrollar todo su potencial. El resultado es el que estamos viendo ahora.
Artículo colgado el 20/02/2008